
Las llantas son uno de los elementos más importantes de una motocicleta y también uno de los más descuidados por muchos usuarios. Son el único punto de contacto entre la moto y el suelo con una superficie de apoyo mínima sobre la que recaen tareas críticas: transmitir la potencia del motor, permitir el frenado, mantener la estabilidad en recta y garantizar el agarre en curva.

A diferencia de otros componentes mecánicos, las llantas trabajan de forma directa contra el asfalto, enfrentándose a cambios de temperatura, irregularidades del camino, humedad, suciedad y distintos tipos de superficie. Por ello, su comportamiento influye de manera inmediata en las sensaciones de manejo. Una moto con neumáticos en buen estado se percibe estable, predecible y precisa; cuando las llantas están desgastadas o mal infladas, el comportamiento se vuelve impreciso, la dirección pierde confianza y las reacciones ante frenadas o curvas pueden ser inesperadas.
Mantener la presión recomendada por el fabricante no es una sugerencia, sino una condición básica de seguridad. Una presión baja aumenta la superficie de contacto, pero provoca deformaciones excesivas del neumático, genera calor extra y acelera el desgaste, además de afectar negativamente la estabilidad. Por el contrario, una presión demasiado alta reduce la huella de contacto con el asfalto, disminuye el agarre y hace que la moto rebote más sobre las irregularidades del camino. En ambos casos, el control se ve comprometido, especialmente en situaciones de emergencia.

Con el uso, el dibujo pierde profundidad y la capacidad de evacuar agua se reduce de forma considerable. Esto es especialmente crítico en condiciones de lluvia, donde una llanta desgastada incrementa el riesgo de deslizamientos. Aunque existan límites legales de desgaste, en la práctica el rendimiento del neumático comienza a caer mucho antes de alcanzarlos, por lo que esperar hasta el último momento es una mala decisión desde el punto de vista de la seguridad.
A esto se suma un aspecto menos visible pero igual de importante: el envejecimiento o fecha de caducidad. Aunque una motocicleta recorra pocos kilómetros, el paso del tiempo endurece el compuesto de la llanta. La exposición al sol, los cambios de temperatura y el simple contacto con el aire hacen que pierda elasticidad y, con ello, capacidad de agarre. Un neumático viejo puede verse en buen estado a simple vista, pero ofrecer un rendimiento inferior al esperado, sobre todo en frenadas fuertes o inclinaciones pronunciadas.

La temperatura de funcionamiento también juega un papel clave. Las llantas están diseñadas para trabajar dentro de un rango térmico específico, por lo que durante los primeros kilómetros es recomendable conducir con suavidad para permitir que la goma alcance su temperatura ideal. Exigir agarre máximo en frío, ya sea con neumáticos nuevos o usados, incrementa el riesgo de pérdida de tracción, especialmente en climas fríos o sobre asfalto húmedo.
En conjunto, las llantas son un componente crítico que define el comportamiento dinámico de la motocicleta. Revisar de manera regular la presión, el estado del dibujo y la fecha de fabricación, así como elegir neumáticos adecuados al tipo de moto y uso, es una de las mejores inversiones en seguridad que puede hacer un motociclista.






