
El motociclismo se ha romantizado durante mucho tiempo, creyendo que todo se reduce a tener “buenas manos”. Acelerar con suavidad, frenar con precisión, trazar con confianza y leer el camino. Y sí, la técnica es fundamental, pero existe una parte del manejo que se suele ignorar hasta que aparece el dolor, la fatiga o el error: el cuerpo del piloto.

En el día a día, y todavía más en carretera, el cuerpo está constantemente absorbiendo vibraciones, sosteniendo postura, resistiendo el viento, reaccionando ante cambios de superficie y compensando cada micro movimiento del chasis. A eso se suma lo obvio: calor, tráfico, tensión, estrés y rutas largas. Todo eso, sin que lo notes al inicio, va drenando energía.
Uno de los primeros lugares donde se manifiesta es el cuello y la espalda alta. Basta con rodar un par de horas a velocidad constante para entenderlo y sentir cómo se va entumeciendo el músculo. La presión del viento, especialmente por arriba de los 80 km/h, obliga a los músculos a sostener el casco como si fuera un peso extra durante todo el trayecto. Si la espalda alta es débil, la postura se colapsa. Aparece rigidez, dolor de cabeza, tensión acumulada y una sensación de agotamiento que no coincide con lo “fácil” que se suponía que sería esa rodada. Lo que sucede en realidad es que, sin una buena base de los músculos de la espalda, el cuerpo trabaja de más para sostener algo que debería ser estable. Y cuando el cuerpo trabaja de más, la mente se distrae.

Después está la fuerza central, que en el motociclismo no es un asunto estético ni un capricho de gimnasio. Es, literalmente, parte esencial del control. Hay una frase que lo resume de una forma muy clara: tus brazos no controlan la moto, tu cuerpo si. Cuando la zona media es débil, el cuerpo compensa cargando peso en muñecas, hombros y espalda baja. Por eso tantos pilotos terminan con dolor en esas áreas incluso en motos cómodas. Pero cuando se tiene una buena fuerza en el tronco, la diferencia se siente de inmediato, las frenadas se vuelven más estables, las curvas se sienten más seguras y el balance general mejora. No porque la moto cambie, sino porque el cuerpo deja de pelear contra ella.
Algo parecido ocurre con el agarre y los antebrazos, que muchos subestiman hasta que el clutch y el freno pasan factura. Un agarre pobre puede provocar reacciones tardías. Y en el motociclismo, reaccionar tarde es la diferencia entre un susto y un accidente.

Las piernas muchas veces suelen quedar fuera del radar y es un error, porque las piernas hacen mucho más de lo que parece: absorben baches, estabilizan la moto, sostienen tu peso, controlan la postura y, en off-road, se vuelven la suspensión del piloto. Manejar de pie, frenar fuerte, controlar un derrape o simplemente rodar en terreno irregular exige fuerza en prácticamente toda la extremidad inferior. Cuando esa fuerza no existe, el estrés se transfiere a la espalda y a los brazos, lo cual acelera el cansancio y reduce el control.
Todo lo anterior desemboca en un punto central: el cansancio y desgaste es un tema de seguridad. Muchos de los errores al manejar no ocurren porque el piloto sea descuidado, sino porque el cuerpo se cansa. Y cuando el cuerpo se cansa, baja el tiempo de reacción, empeora la toma de decisiones, se pierde precisión y aumenta la posibilidad de cometer un error “de novato”. De esos que pasan cuando ya vas en automático, cuando el cansancio te roba la atención y el control fino.

Al final, el motociclismo es un deporte disfrazado de hobby. Y como todo deporte es necesario ejercitar nuestro propio cuerpo. Para evitar lesiones crónicas y para resistir con el menor daño posible en caso de un accidente, porque desafortunadamente si, nuestro cuerpo se vuelve parte del chasis de la moto al conducir.






